Aquellas personas son las únicas que pueden ver en realidad todo lo que siento y por todo lo que pasé en este último tiempo. Y ni siquiera sé quienes son. Desconocidos, pero no ajenos a todo lo que me rodea. Me han visto reír, sola en mi habitación, reirme de nada, la nada misma, simplemente porque me dieron terribles ganas de hacerlo. Me brotó una carcajada y no quise frenarla. Así me vieron, feliz y cantando. Bailando y sonriendo ante tantas cosas bellas que tuve la oportunidad de conocer. Y luego de un instante, un simple llamado telefónico, la risa se convierte en llanto. No puedo detenerlo y no me importan ni un poco aquellos pares de ojos detrás del vidrio, pasando la reja y nuevamente detrás de otra ventana.
Deben pensar que sufro de ciclotimia o algo por el estilo. En menos de una hora puedo pasar de las lágrimas a la risa, de la risa a lastimarme, de lastimarme a gritar descargando todo mi enojo contra la almohada, del descargue a la felicidad absoluta y la risa contagiosa una vez más. Es triste verlo, verme, en tan delicado lugar. Saber que en cualquier momento toda la fachada se puede derrumbar y esté nuevamente arrastrándome por los suelos. Es esperanzador, también, el saber que aún después de tanto odio puedo todavía reírme de mí misma, del mundo, de todos, del resto. Saber que la risa puede estar dos lágrimas más adelante. Tan sólo dos gotas de agua. Soy feliz de nuevo.
Difícil de comprender siendo tan sólo unos meros vecinos, espectadores de mi vida a través de esa ventana.
Tengo que comprar cortinas.
Difícil de comprender siendo tan sólo unos meros vecinos, espectadores de mi vida a través de esa ventana.
Tengo que comprar cortinas.
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