La noche había llegado y yo seguía ahí. Empapada de aquel sudor que me acompañó durante la espera, la maldita espera. El calor era sofocante, creí perder el conocimiento, la falta de aire me golpeaba los pulmones. Mis neuronas se habían adormilado ya, debido a que estaba sin alimento, con estrés y mucho esfuerzo. Empapada, también, debido a las lágrimas que me mojaban las mejillas y caían sobre mi falda. No lograba detenerlas.
Qué imagen más triste. Sola.
Fue la primera vez que lloré en público, la primera vez de muchos años. La gente dentro del colectivo giraba la cabeza y se preguntaba que sería lo que me pasaba.
La noche hacía que todo se sienta más solitario, y a la vez era la única que me acompañaba en ese momento.
La noche hacía que todo se sienta más solitario, y a la vez era la única que me acompañaba en ese momento.
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