2.12.10

ciudad desierta

Sola. Bajando las escaleras. Una lágrima rebelde logra escaparse, y abre aquella puerta que últimamente creo haber olvidado cerrar. Me hacen perder el equilibrio y caigo sentada en las escaleras en las que alguna vez me senté con la sonrisa más grande del mundo. Pero ese recuerdo estaba repleto de voces, gritos y risas, pues estaba rodeada de mis nuevos y tan queridos amigos. Esta vez, no había ni un sólo par de piernas que viera pasar a la altura de mis ojos. Ahi sentada, me sentí más sola que nunca.
La noche había llegado y yo seguía ahí. Empapada de aquel sudor que me acompañó durante la espera, la maldita espera. El calor era sofocante, creí perder el conocimiento, la falta de aire me golpeaba los pulmones. Mis neuronas se habían adormilado ya, debido a que estaba sin alimento, con estrés y mucho esfuerzo. Empapada, también, debido a las lágrimas que me mojaban las mejillas y caían sobre mi falda. No lograba detenerlas.
Qué imagen más triste. Sola.
Fue la primera vez que lloré en público, la primera vez de muchos años. La gente dentro del colectivo giraba la cabeza y se preguntaba que sería lo que me pasaba.
La noche hacía que todo se sienta más solitario, y a la vez era la única que me acompañaba en ese momento.

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