El subte es un lugar oscuro, caluroso, extraño. Repleto de gente, que va, que viene, vaya uno a saber adonde. Gente que llega, gente que escapa. Todos serios, concentrados ya sea en sus propios pensamientos, o en el andar veloz del vagón que se cruza... En un flash. En un abrir y cerrar de ojos, se llevó a todos aquellos que se encuentran en su interior hacia otro lugar, el lugar de donde venimos todos nosotros. Una cosa nos identifica, nos conecta. La dirección. No importa cual sea el destino de cada uno, todos nos subimos hacia la misma dirección. Avanzamos en manada. Y sin embargo no tenemos ni el más mínimo gesto de acompañantes.
Me pregunto en que piensan, tan ensimismados, ojos cerrados, ojos abiertos. Oídos sordos por el sonido de la música. De repente llega alguien que nos conecta más aún, aquel que viene y nos canta. Ahora si, hasta estamos escuchando todos la misma melodía. Conectados por los sentidos, la vista, el sonido, el contacto con esas barras oxidadas por donde pasaron cientos de miles de huellas dactilares.
Todo y a todos observo. Se sienten invadidos por mi mirada curiosa, apartan la suya, se muestran molestos.
De repente encuentro una sonrisa entre tanto frunce, entre tanta preocupación... Una persona sonriendo. La curiosidad aumenta aceleradamente. ¿Qué será que la hace sonreír de esa manera? Y, mas importante aún, ¿porque será que me sorprende tanto una sonrisa? Que bonito sería que todos viajáramos sonrientes, que todos seamos felices, que compartiéramos todos la alegría de vivir además de compartir un simple vagón. Me hace sonreír. Dos. Dos sonrisas entre tantas bocas.
Y ahora algún otro pasajero se fijará en mi felicidad, se preguntará la causa, y sonreirá pensando que así deberíamos viajar todos, sonrientes.