29.3.10

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El placer de escuchar el sonido del silencio. Silencio. Sin nadie que lo interrumpa. Quiero que todas las voces y los ruidos se apaguen. Que por fin pueda sentirme en paz. Sí, me suelen agarrar estos ataques en los que lo unico que quiero es estar tirada en el pasto de un gran lugar desierto, escuchando nada más que el susurro del viento y el murmullo del silencio. Por ahora nunca pude lograrlo. Les miento. Solo una vez logré esa paz. Y fue escapandome de mi casa a las cinco de la madrugada para presenciar el amanecer. Vi las hojas de los árboles suavemente mecerse con la brisa de la mañana y el pasto engalanado con pequeños diamantes brillantes y mojados. Aquel rocío que al tocarlo desaparecía sin dejar rastro más allá de mis húmedos dedos. Fue el día más feliz. Bueno, el momento. Porque cuando la gente empezó a despertarse también arruinó todo. Con sus voces. Y sus ruidos. Los motores de esos autos, las motos, las sillas corriendose alrededor de la mesa del desayuno, el golpe de la taza de café sobre la mesa. Molestos, aunque insignificantes para tantos. ¿Será que mi oído es más potente que los del resto de la humanidad? ¿O seré yo que estoy más atenta a todo, todo lo que me rodea? ¿Estará acaso todo el resto del mundo adormecido, idiotizado?

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