Por otros momentos soy la mujer adulta en la que me convertí, esa que está repleta de confianza en sí misma, que se lleva el mundo por delante y lo único que quiere es disfrutar de la vida minuto a minuto. Esa que está llena de sonrisas, risas y felicidad, que se las arregla para siempre ver todo de una manera divertida, cosa de reirse hasta de las peores cosas. Esa es la que se sienta cada martes en la sesión del psicólogo, riendose de sus problemas, pero en el fondo aquella otra sigue deambulando, sigue queriendo salir. Y la mujer que soy hoy quiere tan profundamente dejar atrás a la problemática que solía ser, que en vez de enfrentarla, descargar todos esos pensamientos en las sesiones o plantear sus miedos a nunca poder deshacerse de la pequeña, la esconde. La mete dentro de ese cuarto oscuro que tiene en la mente, aquel al que sólo las personas más cercanas tienen acceso. Esas historias, esos pensamientos, no son aptos para todo público.
La cabeza me da vueltas y vueltas y vueltas. Sé que lo más importante para dejar atrás todo aquello es volver a hacerle frente. Pero ya se lo hice, ya lo pelié, y no sirvió de nada, me cansé de luchar contra la corriente. Es parte de quien soy, ya lo admití. Simplemente quiero que quede en mi cabeza, encerrado en ese cuarto oscuro, y deje de jugar con mis pensamientos, deje de hacerme sufrir.
"¿Estás bien?" me preguntaron ayer. Y mi más sincera respuesta es no lo sé.
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